Hermanar pueblos

Sólo el fin de la explotación y la opresión, junto a la paz, la amistad y la solidaridad, permitirán superar las diferencias y los conflictos que separan y enfrentan a los pueblos.

Juegos Olímpicos organizados por la URSS, Moscú 1980

Por Adrián Lomlomdjian


La permanencia ilegal de unidades militares azerbaiyanas en territorio soberano armenio; los sistemáticos ataques sobre posiciones de defensa de las FF.AA. armenias y sobre poblados fronterizos de Armenia y Artsaj; la afirmación de que la cuestión de Karabaj ya fue solucionada; la fraseología amenazante y el odio hacia los armenios utilizados en la mayoría de los mensajes de las autoridades azerbaiyanas, son algunas de las "particularidades" de estos meses de post-guerra.


Y son ellas, junto a tantas otras que no vienen al caso enumerar, la evidencia clara de que más allá de continuar en la mesa de negociaciones con Armenia y Rusia, y de cada tanto hacer referencia a la necesidad de una convivencia pacífica en la región, el régimen de Azerbaiyán está cumpliendo con un plan que no es de su autoría, que tampoco es un sólo proyecto, sino la conjunción de varios, pero que en esta etapa lo beneficia.


Estamos hablando de un plan que data de décadas. Que tiene distintos padrinos -el imperialismo, los sionistas, los panturquistas- y, a veces, hasta intereses entrecruzados que van desde el cumplimiento de "sueños nacionalistas" hasta la dominación y el saqueo de las riquezas naturales y materiales de la zona, que les otorgaría a sus beneficiarios un mayor poder a escala internacional. Y en el recorrido para el cumplimiento de esos varios proyectos, se elabora un único plan con enemigos comunes en la región, que se transforman en objetivos: Rusia, China e Irán.

En este camino, el imperialismo norteamericano, el sionismo y los panturquistas, cuentan con aliados -OTAN, Unión Europea, Azerbaiyán y otras repúblicas con líderes pro-turcos, grupos fundamentalistas, jeques árabes- y "se llevan puestos", o intentan hacerlo, a quienes "los estorban" en la concreción de sus planes de expansión y dominación. Y entre esos "estorbos" podemos incluir, desde la perspectiva de los colectivos nacionales que habitan la región desde hace milenios, a los armenios, los kurdos, los palestinos, los asirios, los árabes, los yezidís...


Pero no es sólo una cuestión de geopolítica, ni mucho menos de "intereses nacionales" contrapuestos, aunque así se nos presente hoy.


Enfrentar estos proyectos de dominación e intentar salir de esta encrucijada, requiere comprender que la causa de los pueblos es una sola y que no hay alternativa a terminar con la explotación y la opresión, no hay alternativa a la paz, a la confraternidad y a la solidaridad.


Entenderlo, significa comenzar a preparar a las sociedades para avanzar en esa dirección, formar a las nuevas generaciones no en el odio, sino en la superación de los males del pasado sobre la base de hacer posible la convivencia y el trabajo mancomunado.


No se enfrenta el odio con más odio, ni el nacionalismo con otro nacionalismo. Mucho menos la intolerancia con sectarismo, o el fundamentalismo religioso con el fanatismo vestido de sotana con una cruz en la mano.


Esos mismos pueblos que hoy, por ejemplo, en el Cáucaso, se odian y se juran venganza sin fin, supieron convivir durante siete décadas y juntos enfrentaron y derrotaron al fascismo alemán y la maquinaria genocida hitleriana. Pero todo duró hasta que los errores propios y la falta de una formación política y humana acorde al desarrollo de esa sociedad, permitieron que el veneno del chauvinismo y el egoísmo vuelvan a apoderarse de una parte importante de sus sociedades. Y no es que en los setenta años de construcción del socialismo los distintos pueblos de la Unión Soviética perdieron algo de su identidad nacional. Por el contrario, cada uno de ellos alcanzó niveles de desarrollo impensados y jamás logrados hasta la fecha en los países capitalistas.


Pero la desintegración de la URSS y la restauración capitalista en aquellas repúblicas -con todo el anticomunismo puesto en práctica a lo largo de estas tres décadas-, no nos inhiben para afirmar que la ideología socialista y soviética unió pueblos y religiones, identidades nacionales y culturales, construyó un gran país -el más grande del mundo- con fronteras abiertas. Un gran hogar plurinacional del que todos se sentían parte.


Por eso, reafirmamos que construir otras sociedades es posible. Y otro mundo no sólo es necesario, sino urgente. Sólo queda convencernos de que somos capaces de pelear por él y de que estamos dispuestos a hacerlo realidad.

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