Diálogos sobre proyectos e identidades

El sociólogo Gabriel Sivinian reflexiona sobre la construcción de la identidad armenia, argentina y latinoamericana.

Mural colectivo de la JUCA por el 24 de abril de 2019

Recuerdo una charla con el padre de una compañera de la Escuela Secundaria durante una cena para recaudar fondos con el fin de viajar a Armenia. Era un viernes por la noche, de un mes primaveral, a mediados de los años ochenta. La Escuela era el Instituto Marie Manoogian de la UGAB; única que por entonces promovía la visita de sus egresados a la Madre Patria. Armenia, que en aquel tiempo era una República Socialista Soviética, los recibía en forma hospitalaria durante dos semanas. Solo había que reunir el dinero para llegar hasta allí.

Me acuerdo el nombre del papá, por supuesto, aunque no creo pertinente mencionarlo. Lamentablemente, falleció de manera muy temprana. En estas líneas, voy a contrariar sus argumentos, muy influyentes en el ánimo de un adolescente, que estimaba la palabra de un dirigente comunitario casi como un acto de revelación. Mi evocación afectuosa hacia él, una vez que ya he alcanzado su edad al momento del diálogo y percibo el camino que aún tenía por transitar.

“Si un ovejero alemán nace en la Luna, ¿qué es? Un ovejero alemán, ¿no es cierto?”, me interpeló retóricamente. “Si el que nace allí es un bóxer, se tratará de un bóxer; ¿no es así?”; continúo con sus ejemplos caninos. “Entonces, si un armenio nace en Argentina o en cualquier otra parte es un armenio. Eso debes saber”, concluyó con tono didáctico.

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Formo parte de una generación que tuvo su primera educación durante el Terrorismo de Estado impuesto por la última dictadura cívico-militar. Desarrollé, como mis contemporáneos, la capacidad de cuestionar principios, valores y normas sigilosamente. El espíritu de época, transmitido por la familia, la Escuela y la sociedad en su conjunto reprimía cualquier ejercicio al respecto. La autoridad era tal. Su palabra, casi sagrada. No se la cuestionaba. O por lo menos, no se lo hacía públicamente. Menos aún, si estaba sustentada en el respeto y la admiración.

Ni se me ocurrió en aquella ocasión plantear a mi interlocutor que su comparación desconocía la función de la cultura, elemento constitutivo del ser humano. No es que por entonces supiera demasiado de las teorías biologicistas y los riesgos que sus desarrollos conllevan, pero hubiera sido un buen punto de partida para ejercer la contraargumentación. Máxime que la conversación era con una persona que abrazaba los ideales emancipatorios del humanismo socialista.

Recreo ese diálogo, treinta y tantos años después, porque tuvo como origen el tema de la identidad de quienes tenemos descendencia armenia y no integramos la población que habita el territorio del Estado armenio, ni somos sus ciudadanos. Situación imperante en aquel momento y todavía, en tiempos de la actual República de Armenia. Por ello la vigencia de la cuestión.

Claro que ya no se esgrimen posturas emparentadas con el reduccionismo biológico cuando se debate sobre identidad. Más todavía, aquellos enfoques esencialistas que la conciben como algo dado desde el origen, de linaje puro, inmodificable, pese a las múltiples interacciones que un individuo o comunidad puedan desarrollar, han cedido terreno. Por esta época resulta más aceptado percibir la identidad como una construcción social. Sea ésta referida a la nacionalidad, al género, a la religión, a la política o cualquier otro ámbito humano.

Siendo que la identidad es artificial, esto es, tratándose de una obra humana, no dada naturalmente; ¿Cómo y cuándo se erige? ¿Cuáles son sus componentes? ¿Qué rol desempeñan los Otros en su establecimiento? ¿Cambia su forma de constitución para cada una de las variables referidas? ¿Qué relación se establece entre los discursos y prácticas que nos interpelan como sujetos sociales y los procesos que originan subjetividades?

Muchos interrogantes para abordar en un breve escrito.

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Nos limitamos a sostener que la identidad se basa en elementos preexistentes, que son resignificados en el presente. Consiste en una construcción guiada por la razón, aunque no enteramente racional. Más aún, si bien cierto que la identidad convoca referencias del pasado, individual y colectivo, también lo es que se haya en devenir, sobreviniendo, aconteciendo. Por lo tanto, su interpelación “proviene desde el futuro”, cuando nos vemos confrontados con lo que nos espera.

De allí que sea el interrogante sobre quiénes seremos lo que motiva nuestra inquietud acerca de dónde venimos. Esta trascendente pregunta prefigura un proyecto, en el cual se inscribe la cuestión de la identidad.


“...afirmamos nuestra identidad armenia de origen, como aporte a la identidad colectiva mayor, argentina y de Nuestra América”.

Sabido es que todo proyecto remite a concepciones, propósitos, ideas, intenciones e intereses, se expliciten o no. “Un armenio será siempre un armenio haya nacido en Armenia o donde fuera”, decían los primeros migrantes expatriados, comprensiblemente. “Pero no debe asimilarse”, agregaron luego, concibiendo el retorno a su tierra y advirtiendo los obstáculos para su concreción.

¡Pero ya han nacido en Argentina tataranietos de los sobrevivientes del Genocidio, un siglo después de la concreción material del Crimen!

“El armenio debe mantener su identidad a la espera del retorno a la Patria, que se encuentra sojuzgada”, constituía una máxima propia los auto-erigidos “apoderados de la nación exiliada”.

¡Pero la restauración capitalista en Armenia generó flujos demográficos inversos, dejando en evidencia su hipocresía!

Estos hechos concluyentes obligaron a renovar discursos. “La conservación identitaria es para permanecer viviendo como armenios en Argentina”. Entonces, resulta imperativo mantener el idioma, el credo, la familia endogámica y las instituciones. ¡Aun a riesgo de promover una alienante la auto-segregación!

Y, por supuesto, llevar a cabo una tarea fundamental: bregar por la Memoria, la Verdad, la Justicia y la Reparación del Genocidio padecido por los antepasados.

¡Compartiendo Tribunas con apologistas de la “teoría de los dos demonios”, con cultores de la “mano dura” contra pobres y excluidos o con defensores de Estados Terroristas! Si la causa nacional así lo requiere…

Concepciones, propósitos, ideales e intereses determinados sustentan los posicionamientos descriptos, decíamos. Y promueven definiciones de identidad, ligados a proyectos individuales y colectivos. Por supuesto que no los compartimos, pese a reconocernos en un pasado común y recrear prácticas socioculturales afines con quienes los sostienen. Nuestra valoración de estos elementos es diferente, como lo es nuestra definición identitaria.

Partiendo del legado cultural del pueblo de nuestros abuelos y recreándolo en otras geografías y tiempos; aprendiendo de la trágica experiencia histórica que debieron atravesar y reclamando Justicia por ello; apreciando la existencia de un Estado armenio, donde cotidianamente se reproduce la identidad nacional, más allá de no acordar con sus formas organizacionales; afirmamos nuestra identidad armenia de origen, como aporte a la identidad colectiva mayor, argentina y de Nuestra América.

Nos guía el interrogante sobre quienes seremos y el deseo de que seamos de una vez y para siempre un pueblo y un continente emancipado de toda dominación colonial, capaz de construir sociedades sin opresores ni oprimidos y fraternal con todas las naciones del mundo.

El tema nos sigue convocando. Continuemos la conversación.

Como en aquella noche primaveral de mediados de los ochenta, durante aquella cena. Aunque la protagonicen otros actores.

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