Reflexionando sobre Armenia...
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En su canal de Telegram, el profesor Artur Khachikian publicó la siguiente reflexión personal de un amigo suyo, que seguramente nos ayudará a pensar y a entender mejor de qué se trata el actual momento histórico y hacia donde nos están llevando, colectivamente, aquellos que sólo piensan en ellos mismos y en sus objetivos sectarios e intereses personales.

Por Vrej Aslamazian
Estoy cansado, Armenia. No de la vida. Sino de ti. Porque no me das paz. Me invades a través de las noticias, de las conversaciones telefónicas con familiares y amigos, de una canción que escucho accidentalmente en el coche.
Y cada vez, es como un golpe en el estómago. Otra vez alguien maldice a alguien. Otra vez una discusión. Otra vez esa amargura. Otra vez ese odio ancestral, como nuestras montañas, que transmitimos de generación en generación, como un cinturón de plata familiar que ya es imposible usar, porque es demasiado pesado.
Nací en un pueblo cerca de Kirovakan. Nuestra calle se llamaba simplemente "calle". Y allí, cada mañana, nosotros, niños descalzos, corríamos por el camino polvoriento, compitiendo entre nosotros. No había divisiones entre "los nuestros" y "los no nuestros". Había la casa de Grant, al otro lado de la valla, la casa de Tamara, enfrente, la casa del tío Jora, abajo, cerca del barranco, un poco más lejos, la casa de mis familiares... Celebrábamos juntos el Año Nuevo, plantábamos y recogíamos papas juntos, acompañábamos juntos a los difuntos en su último viaje...
Todo el pueblo era una gran familia. Y cuando me iba a Ereván, a la universidad, todos los vecinos salían a despedirme, con regalos y bendiciones...
Me convertí en maestro. Primero en una escuela de la ciudad, luego enseñé en la universidad.
Durante muchos años estuve frente al pizarrón, durante muchos años miré a los ojos a los jóvenes armenios. Les enseñaba historia, nuestra gran, sufrida historia.
Les decía: "Somos un pueblo que sobrevivió entre el fuego. Somos un pueblo que construyó templos cuando a nuestro alrededor solo había ruinas. Somos un pueblo que, rodeado durante siglos por enemigos, conservó su idioma y su fe, y nunca traicionó a los suyos".
Les enseñaba a amarse unos a otros, porque somos pocos, y si nos dividimos, los vientos ajenos nos barrerán...
Creía que crearíamos una nueva Armenia. No la que gime bajo los golpes del destino, sino la que construirá, creará y hablará dignamente en su propio idioma con todo el mundo.
...Pero, luego, tuve que irme. No por mi propia voluntad, así fueron las circunstancias familiares.
Y ahora, cuando te miro, Armenia, me parece que, de alguna manera, hice algo mal.
Abro el teléfono y veo a un armenio maldiciendo a otro armenio. Porque uno es de Ereván y el otro de Artsaj. Porque uno está de este lado, el otro de aquel. Porque uno va a esta iglesia, el otro a otra. Porque uno dijo una palabra que no le gustó al otro...
No reconozco a mi pueblo... Veo cómo se escupen unos a otros. Y no solo en el alma. Veo cómo escriben cosas horribles en los comentarios, cosas que ni siquiera me atrevería a decir a un enemigo. Veo cómo se alegran por los fracasos del vecino.
Veo cómo dividen ese pequeño, infeliz, exhausto país en pedazos, y cada uno de ustedes se considera el único justo y virtuoso...
Armenia, Madre mía, ¿qué te pasó? ¿Qué te hicieron? ¿Qué te hicimos, nosotros mismos?
Hoy te miro desde lejos y veo cómo te empequeñeces. Cómo cambias tu gran, antiguo, sufrido espíritu por pequeñas disputas. Cómo, mi Gran Madre, te estás convirtiendo en una vecina chismosa que lleva la pelea al llano.
Veo cómo te odias a ti misma...
Recuerdo cómo, a principios de los noventa, estábamos hombro con hombro. Éramos unidos, en el dolor, en el hambre, en el frío. Compartíamos el último trozo de pan...
Y ahora, parece que tenemos todo: tiendas, restaurantes, coches, pero no lo principal: dejamos de mirarnos a los ojos. En cambio, miramos las pantallas y allí nos destruimos unos a otros.
¿Y quiénes somos después de eso?
Ya no quiero saber quién se peleó con quién allí. No quiero ver cómo un hermano va contra otro... Estoy cansado de ser testigo de tu agonía.
Armenia, estoy cansado de ti.
Déjame olvidarme de que soy armenio. Que me convierta en un simple anciano que bebe té y mira la nieve. Ya no quiero ser parte de tu cuerpo loco y destrozado...
Pero sabes, Armenia, ¿qué es lo más extraño?
Cuando cierro los ojos, todavía te veo. Veo nuestro patio, donde jugábamos al fútbol hasta que oscurecía. Veo a mi madre cocinando dolma en la cocina, y el olor sube a los vecinos. Escucho a mi amigo Robert cantando "Krunk" con el acordeón en mi cumpleaños...
Y siento aún tu tierra, rocosa, seca, abrasadora, bajo mis pies descalzos...













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