Apuntes urgentes sobre la masacre en Gaza

Israel sigue bombardeando la Franja de Gaza y el número de palestinos muertos aumenta hora tras hora. Estados Unidos, la ONU y Europa observan una nueva masacre sin hacer absolutamente nada.

Fotos de Mohammed Al Thalathini

Por Leandro Albani para La tinta


Bombas y silencio cómplice. Esa parece que es la receta que siempre les funciona a los gobernantes israelíes para masacrar al pueblo palestino. Como desde hace más de siete décadas, otra vez la aviación de Israel descarga su furia de fuego contra los habitantes de la Franja de Gaza.


Hasta ahora, los resultados del ataque masivo son estremecedores: más de 200 palestinos y palestinas muertas, entre ellos, más de 50 niños y niñas. Los heridos suman 1.450. Aunque cuando leamos esto, la cifra ya se habrá modificado. Y esa modificación será horrorosa.


Lo que sucede en Gaza no es una guerra ni una confrontación y mucho menos enfrentamientos entre fuerzas regulares y equilibradas. Es, simplemente, el escalón supremo de la política colonizadora y supremacista que despliega Israel contra los palestinos y las palestinas. Los bombardeos contra la Franja tampoco son arrebatos desesperados del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. Las bombas que destruyen vidas palestinas están sostenidas en el sionismo, una ideología basada en el racismo, el chauvinismo nacionalista y en los más perversos métodos capitalistas.



Ahora, cuando las bombas laceran y hacen volar por los aires la frágil vida de los y las palestinas en Gaza, el silencio de las potencias mundiales es atronador. Leímos declaraciones, escuchamos a dirigentes consternados, miramos cómo la clase política pide “paz”, como si esa paz fuera algo mágico. No. Esa paz es imposible porque Israel la rechaza. Quienes dicen condenar estos ataques siempre se apresuran en reclamar mesura al “lado palestino”. Quienes apenas hablan de “reducir las tensiones entre las partes” siempre apuntan el dedo acusador contra los palestinos.


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Estos ataques no son una novedad: Israel los lanza con frecuencia bajo la excusa de que “organizaciones terroristas” palestinas disparan cohetes sobre los territorios ocupados por Tel Aviv. Pero el establishment sionista no dice nada sobre lo que ellos hacen: el desplazamiento forzado de población palestina (algo que comenzó en 1948), la destrucción de viviendas o su ocupación por la fuerza (como en el barrio Sheik Jarrah, en Jerusalén), los arrestos masivos de hombres, mujeres y niños que sobreviven en Cisjordania, y un largo y tenebroso etcétera.


Y si a Gaza nos referimos, la situación generada en esa porción de tierra sobre el mar Mediterráneo es tenebrosa. Bloqueada desde hace 15 años, en la Franja apenas ingresan productos básicos que nunca alcanzan. Los niveles de desempleo y pobreza hacen estallar cualquier medición. Los niños y las niñas no saltan de juego en juego, sino de trauma en trauma. Las explosiones de las bombas israelíes son la canción de cuna de bebés recién nacidos en hospitales devastados.


En un reciente informe de RTVE, David del Campo, director de Cooperación Internacional de Save The Children, lo resume sin mediaciones: "Gaza es el peor sitio para ser un niño o niña. Hablamos de una infancia mutilada. Aunque estos enfrentamientos duren días y semanas, sus secuelas y su impacto en la vida de los niños es de por vida".


En Gaza, donde la mitad de la población es joven, el futuro está cargado de escombros y brumas de la destrucción generada por la aviación israelí, y de protestas contra los reiterados ataques militares ordenados por Tel Aviv. En estos días, complejizar sobre estos puntos es relamerse en conjeturas y análisis de tranco corto. Morir o luchar es lo que les queda a los palestinos. Y una vida en el filo de la navaja se merece el respeto de quienes no pisamos tierra palestina.


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Joe Biden es una persona con principios. Aunque esos principios estén teñidos de muertes y buenos negocios. Hace ya mucho tiempo que Estados Unidos dejó de ser el protector de Israel; ahora es su apéndice. La política exterior norteamericana está condicionada por las directrices de Tel Aviv. Ni demócratas ni republicanos reniegan de esto. Donald Trump lo hacía como si fuera un espectáculo en alguno de sus casinos: anuncios rimbombantes, fotografías y carcajadas, declaraciones estruendosas.



El actual presidente estadounidense pregona los buenos modales. Unos buenos modales tan teñidos de muertes y negocios como sus principios. Dos ejemplos breves: en apenas unos días, Washington vetó tres resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con los cuales se intentaba poner un freno a la masacre cometida por Israel. Las razones de la Casa Blanca son varias. Hasta podemos imaginarlas o inventarlas nosotros, aunque sean descabelladas. Pero no importa, Estados Unidos sólo responde a Israel.


El segundo ejemplo: el lunes pasado, cuando las vidas de los palestinos en Gaza se esfumaban entre escombros y fuego, Biden autorizó la venta de armas, por un valor de 735 millones de dólares, a Israel. Según The Washington Post, el acuerdo permite la entrega de armamento de precisión y fue notificado por la administración Biden al Congreso el 5 de mayo. Cuando dieron las noticias, muchos medios internacionales se apuraron a remarcar: “Fue por tanto casi una semana antes de que comenzase el cruce de ataques a ambos lados de la frontera de Gaza”. Esta frase es el último ejemplo, pero esta vez de la hipocresía mediática de todos los días.


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El mejor amigo de la causa palestina, Recep Tayyip Erdogan. O mejor dicho: el oportunista del momento. El presidente de Turquía no pierde el tiempo. En cuanto las bombas comenzaron a caer sobre Gaza, no dejó ni un solo momento de maldecir y fustigar contra Israel. Las razones de Erdogan son variadas: su estrecho vínculo con el Movimiento de Resistencia Islámica Hamas –con el que comparte la adoración por los Hermanos Musulmanes, la organización político-islámica conservadora nacida a principios del siglo XX en Egipto-; su necesidad de escapar de la crisis interna que vive su país, asolado por la pandemia de coronavirus y la crisis económica; y sobre todo, tapar sus propias masacres dentro y fuera de Turquía.


El mismo Erdogan que deja caer lágrimas por los gazatíes es el que, desde 2018, ocupa militarmente el cantón kurdo de Afrín, en el norte de Siria. En esa región, Turquía bombardeó durante dos meses para abrirse paso y poder ingresar a un variado conglomerado de grupos mercenarios y yihadistas –entre los que se encuentran muchos milicianos ex ISIS-. En Afrín, casi 300 mil habitantes fueron desplazados por la fuerza, para que Ankara después trasladara a familias de ISIS que ocuparon las viviendas abandonadas. Las violaciones de mujeres, los arrestos arbitrarios, los secuestros con pedidos de recompensa, el robo de la producción de oliva y de reliquias históricas, y la “turquificación” de la sociedad son las consecuencias de esta ocupación. Como si fuera poco, un año después, Turquía invadió Serêkaniyê, otra ciudad kurda del norte de Siria. El libreto macabro fue el mismo.


Por estos días, la aviación turca también bombardea el Kurdistán iraquí (Bashur), principalmente las zonas controladas por la guerrilla del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). Pese a los ataques masivos, Turquía se encuentra estancada en la frontera, sin poder avanzar de forma concreta. Como lo denunció la comandancia del PKK en varias oportunidades, el objetivo de Ankara es instalar bases militares en las zonas ocupadas y, con el tiempo, anexar el territorio. Hasta ahora, las pocas bases que Turquía pudo posicionar son azotadas por la insurgencia.



En este panorama, la Turquía de Erdogan quiere revivir el esplendor del Imperio Otomano, no sólo en su “grandeza islámica”, sino en su control territorial, económico, político e ideológico. A los palestinos, el presidente turco sólo puede ofrecerles más miseria y dolor. Y una traición que ya va en camino.


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Entre las muchas declaraciones y noticias que se pasan por alto (y muchos medios dejan pasar), se puede destacar el comunicado emitido por la Red Internacional Judía Antisionista (IJAN) de Argentina. En el texto, explicaron que “no es la primera vez que el Estado de apartheid sionista lleva a cabo este tipo de masacres de decenas a centenares de palestinas y palestinos, niñxs, jóvenes y adultxs, con el objetivo de imponer su dominación sobre el pueblo ocupado, al cual viene saqueando desde el inicio del proyecto sionista a principios del siglo XX, pasando por la Nakba de 1947-1948, la cual continúa hasta el día de hoy”.


Desde la IJAN, expresaron que el poder de Israel intensificó “su brutalidad ante la revuelta unificada de todxs lxs palestinxs, desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, contra los desalojos en los barrios palestinos de Sheikh Jarrah y Silwan, y los ataques con balas y granadas de gases lacrimógenos contra las multitudes de fieles en la Mezquita (de Al Aqsa) durante el mes de Ramadán en Jerusalén”.


En el texto, remarcaron que el propio Estado israelí permite “los desfiles de hordas sionistas sedientas de sangre que, como la muchedumbre Ku Klux Klan en los estados de sur de los Estados Unidos, marchan por las calles de Palestina ocupada gritando “Mavet La’arabim” (muerte a los árabes), vandalizando y saqueando automóviles, comercios y casas de palestinxs, agrediendo y eventualmente linchando a todx palestinx que encuentran en su camino”.


Los integrantes de la IJAN dejaron en claro “que sionismo no es judaísmo; los sionistas no nos representan. El sionismo es colonialismo y racismo, al que repudiamos. En la pujante marcha de repudio a Israel en Nueva York, hace unos días, numerosos miembros del grupo judío ultra-ortodoxo Neturei Karta se hicieron presentes. Entre sus elocuentes carteles, uno decía: ‘Torah demands: All Palestine be returned to Palestinian sovereignty’ (La Torá exige que toda Palestina sea devuelta a soberanía palestina)”.


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Es imposible que Israel doblegue la dignidad de los palestinos y las palestinas que están en las calles de Cisjordania y Gaza demandando que se respeten sus derechos históricos y denunciando una nueva masacre cometida por la “única democracia” de Medio Oriente.


En apenas unos días, en Gaza quedó demostrado que el poderío militar israelí produce una destrucción enloquecedora, pero la respuesta armada palestina (desde Hamas hasta el Frente Popular -FPLP-) no es un hecho menor. Israel cuenta con la más sofisticada tecnología militar que existe en el mundo, pero el desarrollo del lado palestino no es menor. Aunque imposible de comparar –Palestina no tiene tropas regulares, ni aviación ni Armada-, los golpes contra pueblos y ciudades israelíes generan preocupación en los altos mandos que digitan la muerte de Gaza desde Tel Aviv.



Si bien el sistema Domo de Acero –tan publicitado por estos días con videos y fotos- es efectivo, se observa que su capacidad de repeler los ataques palestinos no es total. Como siempre sucede cuando Israel lanza una operación masiva sobre Gaza, la opción de la “vía terrestre” es tomada con mucha cautela en Tel Aviv. Militares y políticos israelíes saben que el ingreso de tropas regulares al enclave palestino se traduce en una estruendosa derrota política para el poder israelí.


Con uno de los presupuestos militares más grandes del mundo, Israel siempre opta por las armas, la represión y los bombardeos. En esta ecuación no entran la “paz” –tan aclamada por Occidente- ni el diálogo y mucho menos la democracia. Para Tel Aviv, Palestina no tiene derecho a existir.


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¿Quién juzgará y condenará a la dirigencia política y a los militares israelíes que en este mismo instante están cometiendo una masacre en Gaza? Porque alguien los tiene que juzgar y condenar. Porque cometen crímenes de guerra. Porque son responsables de infanticidios. Porque violan todas las leyes internacionales vigentes. Porque dirigencia política y militares conforman una fuerza de ocupación. Y porque, en pleno siglo XXI, llevan al lugar más extremo y despiadado un colonialismo nacido del racismo. Todas características fundamentales para que el mundo capitalista funcione a costa de la vida de los seres humanos.


Los palestinos y las palestinas solamente demandan sus derechos básicos. La mayoría de ellos y ellas no buscan la “destrucción” de Israel: simplemente reclaman la tierra que les pertenece y no ser tratados como ciudadanos y ciudadanas de décima categoría. El pueblo palestino tampoco intenta destruir al judaísmo. Si lo que sucede entre Israel y Palestina se analiza por el prisma de la religión, le hacemos un gran favor a quienes se aferran a esa teoría donde todo es difuso, cargado de mitos bíblicos y alucinaciones varias. Los religioso está presente y tiene una fuerza particular, pero en el corazón de Medio Oriente no existe una guerra entre judíos y musulmanes que buscan destruirse. Si esto es así, ¿qué queda entonces para los palestinos cristianos?


En un reciente artículo, el periodista español Pascual Serrano echa luz sobre la supuesta “problemática religiosa” que separa a israelíes y palestinos. “También podría parecer un conflicto religioso, en el que los seguidores de dos religiones contrapuestas luchan por controlar los lugares sagrados que ambas tienen en común –escribe Serrano-. Tanto hebreos como árabes afirman proceder del mítico Abraham, a cuyos descendientes tanto el Yahvé de la religión judía como el Alá de la musulmana (el mismo Dios bíblico en realidad) les prometió la antigua tierra de Canaán (Palestina, parte de Jordania y el sur de Líbano y de Siria) en los tiempos en los que, como tribus beduinas, abandonaron el nomadismo. El sionismo trata de legitimarse considerando que Dios otorgó la Tierra Prometida al pueblo judío, argumento que impide cualquier posibilidad de debate al respecto, pues se considera un dogma religioso. En cambio, los palestinos no fundamentan su derecho a permanecer en Palestina en base a criterios religiosos, sino históricos y jurídicos, ya que esa tierra les pertenece en propiedad y la legalidad internacional lo ha confirmado”.



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Desde que comenzó el ataque a Palestina, todos los días miro las imágenes que difunde Mohammed Al Thalathini, fotógrafo palestino que se encuentra en Gaza. Creo que no necesito mucho más para entender y comprender qué significa Israel. Las fotos de Al Thalathini se convierten en crónicas detalladas de un poder que sólo busca la destrucción y la muerte, y que, por supuesto, desprecia a la humanidad.


Pero la historia de Palestina está cargada de resistencia. Esta vez, como en cientos de veces anteriores, ese pueblo, que habita un territorio cruzado por la historia más profunda que alumbró al mundo, resucitará de las cenizas dolorosas y los escombros ardientes, y seguirá clamando para que nadie olvide la injusticia que pesa sobre él.


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Fuente: La tinta

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