Como hace cien años, hoy también Armenia puede renacer

La crisis política puede seguir indefinidamente, más allá de eventuales cambios de gobierno, o transformarse en el punto de partida para su segundo renacimiento.

Casa de Gobierno de Armenia.

Por Adrián Lomlomdjian


La situación política en Armenia, una crisis en la que ninguna de las partes en conflicto logra imponerse sobre las otras, está entrando en una nueva fase. Ello no significa que comience a haber algún tipo de esperanza, sino que las contradicciones entre los sectores políticos en pugna se profundizan, se tornan en aún más irreconciliables y la alternativa de un enfrentamiento o caos institucional interno ya no es una idea descabellada, sino una de las posibles consecuencias.


Hace pocos días, el ex presidente Robert Kocharian anunció, durante un reportaje televisivo, su decisión de participar en las hipóteticas elecciones anticipadas a realizarse durante el primer semestre de este año. Por su parte, el candidato a primer ministro de la oposición aglutinada en el Movimiento de Salvación Nacional (MSN), Vazkén Manukian, aseguró que no participaría de ninguna elección que fuera controlada por el actual gobierno. El opositor provocó una verdadera conmoción política cuando declaró: "Si no logramos derrocar al gobierno a través de los métodos constitucionales, deberemos organizarnos para una sublevación".


Uno de los aliados de Manukian en el MSN, el dirigente de la FRA-tashnagtsutiún Ishkhán Saghatelian, reconoció: "No pudimos convertir la demanda de renuncia de Pashinian en una lucha nacional". A pesar de ello, junto a sus aliados del grupo de 17 partidos políticos que conforman el MSN, presentaron una hoja de ruta -plan de lucha-, cuyos objetivos son: la renuncia de Pashinian, formar un gobierno de transición y llamar a elecciones extraordinarias.


Otros sectores de la oposición política por fuera del MSN también avanzan en sus objetivos. Y si bien todos ellos coinciden en que el gobierno encabezado por Pashinian no puede seguir dirigiendo los destinos del país, las propuestas políticas coyunturales y los objetivos estratégicos existentes, en muchos casos son diametralmente opuestos unos a los de otros.


Por ejemplo, el Partido Comunista retomó una iniciativa de los años 90, cuando el secretario partidario era Serguei Badalian -el PC mantenía entre un 15 y 20% de los votos y tenía el segundo bloque parlamentario-. En aquel entonces, hizo una campaña nacional de recolección de firmas para pedir un plebiscito que definiera la incorporación de Armenia a la Unión entre Rusia y Bielorrusia. Se juntaron más de un millón de firmas, pero los asesinatos en el parlamento y la posterior muerte de Badalian, provocaron una profunda crisis en el país y aquella iniciativa quedó frenada.


En la actualidad, ya no es sólo el Partido Comunista el que puso como una de sus prioridades de lucha la Unión de Armenia con Rusia, sino que otras fuerzas políticas y sociales avanzaron un paso más en esa dirección y conformaron una mesa promotora. Todas estas agrupaciones de izquierda y centroizquierda también exigieron la dimisión del gobierno, pero eligieron avanzar con propuestas relacionadas al futuro del país.


No sólo los partidos políticos pidieron la renuncia de Pashinian, sino también los ex presidentes Ter Petrosian, Kocharian y Sargsian, el Katolicós de la Iglesia Apostólica Armenia Su Santidad Karekín II y el líder de la Gran Casa de Cilicia, la Academia Nacional de Ciencias y la Unión General Armenia de Beneficencia, entre otras organizaciones. Como es fácil de apreciar, en todo el arco político nacional armenio existen acérrimos opositores a Pashinian. Por eso, sus adversarios pueden ser de derecha o izquierda, pro-rusos u occidentalistas, nacionalistas, liberales o internacionalistas, partidos políticos u organizaciones nacionales, sociales, profesionales, religiosas o estudiantiles.

Pero a pesar de ese amplio espectro opositor, Pashinian continúa al frente del Ejecutivo. Hay protestas, hay gente en las calles, pero la fuerza de quienes luchan para que el actual gobierno renuncie parece no ser la suficiente -por ahora- para torcerle el brazo al premier.


Al respecto, el presidente de la Academia Nacional de Ciencias de Armenia, Radik Martirosian, dijo que si bien es cierto que la gente no se manifiesta a diario ni sale a las calles masivamente exigiendo la renuncia del Primer Ministro, ello no significa que haya cambiado de parecer. "Nosotros ya hicimos una declaración oficial, pero no salimos a pedir todos los días que el gobierno se vaya. Lo mismo pasa con la gente, cada uno lo manifiesta de distintas formas y en distintos ámbitos. Pero estén seguros que la mayoría del pueblo está en contra de las actuales autoridades", enfatizó Martirosian.


En cuanto al gobierno encabezado por Nikol Pashinian, se puede afirmar que retomó en parte la iniciativa política y está algo más fortalecido que hace un mes atrás. Y esa mejora en su condición no se debe a virtudes propias, sino más bien a la inexistencia aún de una oposición seria y poderosa, con objetivos políticos determinados, que despierte en la mayoría de la sociedad la seguridad de que será capaz de producir verdaderos cambios.


Por eso, el oficialismo está analizando distintas variantes, que incluyen desde la renuncia de Pashinian hasta una reforma constitucional que permita la autodisolución del Parlamento y el llamado a elecciones anticipadas. El oficialismo confía que yendo a elecciones volverá a triunfar, sea Pashinian o no su candidato. Los factores que determinarían su victoria serían la atomización de la oposición y que los rivales a vencer sean quienes ya gobernaron el país (el MSN y el ex presidente Kocharian).


Pero mientras las principales fuerzas políticas armenias siguen enfrascadas en esta disputa, que se asemeja mucho a la lucha interna por quién se queda con la manija de la sartén o con la porción más grande de la torta, el debate sobre los principales temas relacionados al futuro del país sigue ausente. Y de ese debate de ideas y propuestas depende en gran parte la seguridad del país y su propia existencia.


¿Se solucionan los problemas de Armenia con la renuncia de Pashinian? ¿Qué pueden aportarle en esta etapa al país Vazkén Manukian, Robert Kocharian, el Partido República o la FRA-Tashnatsutiún, si durante 20 años tuvieron el poder en sus manos y terminaron entregándoselo a Pashinian? ¿Armenia debe prepararse para otra guerra o para una paz duradera?

¿No debe trabajar para establecer vínculos de buena vecindad con los países que la rodean? ¿No serán esos vínculos los que permitan una convivencia pacífica, por una lado, y el tratamiento de las diferencias y los conflictos del pasado en una mesa de negociaciones pacíficas? ¿Por qué el Estado y el pueblo armenio están aislados en una región donde Turquía y Azerbaiyán tienen como aliados únicamente a Israel, Occidente y al terrorismo? ¿Por qué no se estrechan los vínculos de amistad, solidaridad y cooperación con sirios, libaneses, iraníes, palestinos, kurdos, yezídies, alevíes y otros pueblos, quienes compartieron sufrimiento y dolor con los armenios e incluso, muchos de ellos, abrieron sus puertas y brazos para recibir a nuestros antepasados que sobrevivían al genocidio?


¿La seguridad de Armenia depende de fortalecer su ejército y transformarse en una potencia nuclear, o de invertir en educación, informática, ciencia y tecnología, logrando darle bienestar a su población para detener el proceso de emigración masiva que sufre desde hace tres décadas? ¿Por qué no se termina de entender el rol de aliado estratégico de Rusia para con Armenia, se lo asume y en base a ello se elabora un plan de crecimiento y desarrollo nacional a largo plazo? ¿Vamos a repetir los errores del pasado y seguir coqueteando con occidente o creyendo en sus promesas?


Y como estos, seguramente cada uno de los lectores tiene varios interrogantes más para hacer. Y precisamos eso, que se reflexione colectivamente, que se planteen las dudas, que se las debata, que logremos avanzar en consensos que sean determinantes para garantizar la existencia futura y la seguridad de Armenia.


Muy a pesar de quienes siguen enfrentando la verdad histórica y haciendo de la mentira y la tergiversación su principal arma política, el proceso de renacimiento nacional y social de Armenia y su pueblo durante los setenta años de socialismo fue posible porque fueron dándole respuesta colectiva a los interrogantes arriba enunciados y a otros muchos más. En aquellas décadas no prevalecía el mezquino interés de clase de la burguesía, ni el de otros sectores de la sociedad -y mucho menos el individual-, sino el de toda la población dispuesta a construir una sociedad sin explotación ni opresión, en paz, amistad y solidaridad con los otros pueblos.


El momento nos llama a analizar la historia de los últimos ciento cincuenta años despojados de pasiones y de miradas sesgadas. Y es ahí donde la Armenia Soviética adquiere un lugar de preponderancia en cuanto a lo que significó para toda la armenidad. Estudiar ese período, analizarlo, ver aciertos (muchos) y errores (algunos) en las distintas áreas que determinan el crecimiento y desarrollo de un país y de quienes lo habitan, contextualizarlos regional e internacionalmente, nos ayudará -seguramente- a ver que hay otra forma de solucionar conflictos históricos y crisis coyunturales.


Si hace cien años fue posible reconstruir un país y una nación entera de entre las cenizas, también lo es hoy. Simplemente, se necesita saber -como lo sabían quienes condujeron los destinos del pueblo hace un siglo atrás- qué queremos, cómo estamos, hacia dónde vamos y con quiénes.

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