La tragedia de Beirut en primera persona

El periodista armenio Hamo Moskofian, como otros miles de libaneses que habitan la capital, resultó herido y damnificado por las explosiones de ayer.


Por Adrián Lomlomdjian


Era cerca del mediodía cuando nos enteramos de las explosiones en Beirut. Miramos las imágenes, nos estremecimos, casi instintivamente afirmamos "esto es obra del sionismo" (ya que hay infinitas razones para pensar eso), e inmediatamente pensamos en nuestro camarada, el periodista y militante popular internacionalista Hamo Moskofian, que vive en Beirut.


Lo llamé y me atendió. Le dije: "Hamo, acá estamos viendo una terrible explosión. ¿Vivís cerca, qué pasó, estás bien?". Como fondo se escuchaban las sirenas, y me respondió: "Sí, sí, fue enfrente de mi casa. Volaron ventanas, puertas, muebles. Se me vino todo encima, estoy bañado en sangre. Veremos cómo salimos de esto. Aca los vecinos dicen que Israel atacó el puerto".


No sabía qué decirle, él necesitaba ayuda y uno desde tan lejos nada podía hacer más que hacerle llegar la solidaridad activa de todos los y las compañeras. "Bueno Hamo, te dejo tranquilo, buscá ayuda, que te vean los médicos, después nos hablamos", le dije con la angustia contenida.


"Esto está muy feo, hermano. Hasta ahora estoy en el frente de casa y no hay nadie que nos atienda, en la calle es todo destrucción, gente tirada por todos lados. Veré cómo llego hasta algún lugar", fue su última respuesta antes de cortarse la comunicación.


Y así pasaron algunas horas. Mientras, fui buscando detalles de la explosión y me enteraba del material químico acumulado, de un primer incendio y una posterior explosión cuando ya estaban trabajando en el lugar varias dotaciones de bomberos y personal civil. También aparecían las versiones de muchos residentes de la capital libanesa asegurando haber escuchado sonido de aviones volando antes de la explosión.


De repente, volvemos a establecer comunicación con Hamo, quien nos decía que había sido atendido, que le habían parado las hemorragias, lo suturaron en varios lugares, pero seguía con fuertes dolores en uno de sus hombros y en la cabeza, producto del golpazo que se dio al volar por los aires cuando se produjo la segunda explosión, esa que a todos nos hizo recordar las imágenes de Hiroshima y Nagasaki.


Hace algunos minutos (16 horas del miércoles 5 de agosto, en Buenos Aires) volví a hablar con el compañero Hamo. Está hospedado en un hotel, porque su casa quedó destruida, junto a gran parte de sus pertenencias. Está de buen ánimo, como siempre, como el inquebrantable luchador que fue y sigue siendo siéndolo. Hablamos sobre algunas cuestiones de los sucedido, de su situación, y sin ocultar el dolor, se mostró confiado que iban a superarlo, no sólo él en lo personal, sino también el pueblo libanés.


Y en medio de este gran dolor individual y colectivo, Hamo se sintió conmovido y orgulloso de las muestras de solidaridad que recibió desde distintos rincones del planeta, desde Canadá hasta la Argentina, y también desde varias ciudades de Europa, Asia y Oriente. Y no sólo de sus compañeros y de otros amigos armenios, sino también de kurdos, asirios, árabes, militantes de la izquierda turca. Muchos intentaron comunicarse inmediatamente con él para saber cómo estaba, y todas y todos le expresaron su solidaridad por las redes sociales.


"Vamos a salir de esta también. Cuatro veces me vi cara a cara con la muerte y acá estoy. Nuestra lucha nos reclama y no hay tiempo que perder", enfatizó, antes de que me despidiera diciéndole "mañana te vuelvo a llamar, cuidate, y por unos días prestale atención a tu salud, porque te necesitamos mucho".


Y en mi cabeza quedó resonando el "hasta la victoria siempre" con el que Hamo cierra nuestras habituales charlas telefónicas.

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