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¿Vamos hacia dónde queremos ir o hacia dónde nos llevan?

  • hace 5 horas
  • 7 Min. de lectura

En un planeta que no deja de estar ni un segundo al borde de volar por los aires -con nosotros incluidos-, aún estamos y damos lucha quienes creemos que "otro mundo es posible, necesario y urgente".



Por Adrián Lomlomddjian


La desintegración de la Unión Soviética, junto a la transformación de la Europa Socialista en parte de una Unión Europea con fuerte tinte neonazi; el aniquilamiento de los movimientos de liberación y su reemplazo por grupos terroristas -ya sean fundamentalistas, narcos o traficantes de todo tipo-; y la ocupación en casi todo el mundo de los más altos puestos estatales por hombre y mujeres ligados a los intereses de las corporaciones y los grupos del poder real, fueron y siguen siendo aún “celebrados” por muchos y muchas en distintos rincones del mundo. Pero estas “alegrías”, lamentablemente, nos han conducido a un momento casi que inédito en la historia de la humanidad, donde su existencia y la del planeta dependen de “la buena voluntad” de unos “locos sin carnet”, que están convencidos que sólo deben rendir cuentas a sí mismo.


Algunos de ellos se sienten y juegan a ser emperadores -acompañados de sus aliados y lacayos-, pero a diferencia del pasado, lo hacen con tecnología y armas capaces de destruir el planeta las veces que quieran (como si con una vez no alcanzara…). Otros, son apenas una copia tercermundista de la prepotencia imperial, pero igual eso les basta para destruir sus países y entregarle al amo todo lo que pide y necesita para cumplir con su “conquista planetaria”.


En este contexto, una gran parte de la humanidad continúa su día a día tratando de sobrevivir y garantizarse “un lugar bajo el sol”, más allá de compartir o no lo que sucede a su alrededor, aunque muchas veces haya contribuido de manera decisiva al mantenimiento y fortalecimiento de esas condiciones que critica, ya sea a través del voto ejercido en cada elección o simplemente desde su aporte al sostenimiento del “sentido común dominante”, ese que nos ha transformado en simples reproductores de lo que al poder real le interesa.


Pero permitámonos esta salvedad: también estamos aquellos otros y otras quienes, a pesar de esta avanzada incivilizatoria y destructiva de las clases dominantes a escala internacional, no sólo resistimos, sino que también luchamos día a día por mantener lo mejor y lo más importante de nuestras tradiciones humanistas y nacionales, para seguir preservando y construyendo esos espacios colectivos que nos mantienen vivos, activos y esperanzados de que “no todo está perdido”.

Aunque no lo percibamos, en el ámbito comunitario, y más precisamente en lo que conocemos como armenidad, está situación está causando profundos daños, tanto en el territorio que consideramos Madre Patria, como en cada una de las comunidades de la diáspora.


Creer que lo que sucede en Armenia no nos perjudica; o que desde aquí no podemos hacer nada para contribuir a cambiar esa realidad; o que no tenemos derecho a opinar-participar-luchar porque no vivimos ahí; u otras ideas similares que nos han impuesto, es el primer síntoma visible de nuestra derrota como colectivo nacional y del triunfo de ese poderoso enemigo “invisible” -pero no desconocido- al que nos enfrentamos a diario, muchas veces sin saber qué debemos hacer ni cómo.


El enorme arsenal que tienen en sus manos y con el cual nos dominan las 24 horas de los 365 de cada año, no está conformado solamente por armas y municiones de todo tipo y calibre, sino también con la tecnología más avanzada -para ejercer en la práctica un férreo control sobre cada uno de nosotros-, y por los medios masivos de comunicación y las redes sociales, que además de contribuir a ese dominio, lo que hacen es moldear nuestros pensamientos, hacernos creer que sus intereses son los nuestros, transformándonos en sus “mascotas (humanas) domesticadas”.


Por más que me duela escribir estas líneas y por más que enoje a muchos/muchas leerlas, necesitamos saber dónde estamos parados y a quiénes nos enfrentamos, ya que está por demás claro que no somos, ni pensamos, ni queremos lo mismo. Y, además, porque no vamos a dejar que su egoísmo, voracidad, soberbia, prepotencia y sentimientos (o garantías) de inmunidad e impunidad, se lleven puestos a la humanidad y al planeta.


Formar opinión propia leyendo, analizando y reflexionando sobre las distintas miradas resulta más que importante para que no seamos simples “entes repetidores” de ideas y opiniones que no tienen nada que ver con nuestra historia y accionar cotidianos, ya sea en lo personal como en lo colectivo.


Si nos equivocamos, si elegimos mal, si nos damos cuenta que nos mintieron y engañaron, un paso fundamental es reconocerlo, para poder “recalcular” y “retomar la senda”. De lo contrario, mantenernos allí siendo conscientes del error cometido, nos hará seguir avanzando hacia un destino que nos traerá mayores sinsabores, dolores y sufrimientos.


No debemos ni podemos personalizar (este me gusta, esta no, este es menos corrupto, esta es simpática) a la hora de tomar decisiones que tienen que ver con el presente y futuro de cada uno de nosotros y de los colectivos que integramos. Las ideas, los objetivos y las propuestas deben ser lo fundamental a tener en cuenta a la hora de elegir o de decidir.


Tenemos que asimilar que NO SON VERDADES las frases repetidas hasta el hartazgo de que “el enemigo (adversario) de mi enemigo (adversario) es mi amigo” o que “la opción es el menos malo”, ya que cuando llegamos a esas conclusiones es que los proyectos son los mismos más allá de los ejecutantes y, por lo tanto, no son alternativas válidas a tener en cuenta, sino más de lo mismo.


Vayamos a ejemplos concretos de la armenidad relacionados a esto último. Claro que no son los únicos que hay, pero los elegí para poder ejemplificar mejor lo que estos diciendo.


Pashinian, primer ministro armenio de la entrega y la destrucción, entre sus muchos enemigos elegidos (soviéticos, comunistas, rusos, iglesia armenia, Kocharian, etc.) -a quienes les dedica a diario gran parte de su odio- tiene también al tashnagtsutiún, la Federación Revolucionaria Armenia. Este es un partido político a quien no le he escatimado críticas por su accionar a lo largo de la historia -y en el presente-, aunque siempre fueron hechas desde el respeto y la argumentación. En muchos aspectos, mi -nuestra- mirada y posicionamientos están casi en la antípodas de las sostenidas (antes y ahora) por la FRA, pero ello no implica que no existan puntos de encuentro ni posibilidades para sentarnos, pensar y trabajar juntos, más allá de seguir debatiendo e intercambiando opiniones.


Si uno le diera entidad a eso de que “el enemigo de mi adversario es mi amigo”, ahora debería -deberíamos- estar defendiendo a capa y espada a Pashinian y su proyecto político. Sin embargo, una cosa son las diferencias históricas y actuales que uno puede seguir teniendo con el tashnagtsutiún y las diversas organizaciones políticas y sociales armenias, y otra muy distinta el posicionamiento que se debe adoptar ante la destrucción del país, el avasallamiento de los derechos de la Iglesia Apostólica Armenia, el encarcelamiento de opositores de todos los colores, la entrega de Artsaj y el pisoteo constante de los valores que hacen a nuestra identidad. No hay lugar a confusión.

Lo mismo sucede cuando te dicen “este Pashinian es un desastre, pero Kocharian y Serzh fueron de lo peor”… ¿Qué hacemos entonces? ¿Nos quedamos con el desastre o el “mal menor”? ¿No sería mejor construir una alternativa verdadera que tenga un proyecto realista para, primero, salvar a Armenia, y luego de “recalcular”, retomar el camino que garantice su existencia, seguridad y el bienestar de quienes la habitan?


Ni hablar de la posición adoptada por algunos sectores de la armenidad -por suerte minúsculos- frente a la avanzada del gobierno de Pashinian contra la Iglesia Apostólica Armenia y contra su líder, el Patriarca Katolicós Karekín II. Este grupito -por presentarlo de alguna forma, ya que es muy pequeño en el contexto de la armenidad- habla de “partes en conflicto”, intentando mostrar cierta neutralidad en un supuesto “conflicto entre partes”. Pero en realidad se trata de un proyecto llevado adelante desde el mismo Estado armenio para destruir a una de las principales instituciones de la armenidad: la iglesia, que a lo largo de los siglos y careciendo de un Estado nacional que lo aglutinara, con horrores, errores, aciertos y logros, fue fundamental para mantener muchos de los valores identitarios como el idioma y las tradiciones nacionales.


Bautizado o no, creyente o ateo, asiduo concurrente a misa o ausente eterno los domingos, no se puede ser indiferente ni defender posiciones ambiguas ante esta agresión permanente y sistemática del régimen de Pashinian a la Iglesia Apostólica Armenia. Se está con la Santa Sede de Echmiadzín o se está a favor de la entrega de Armenia y la armenidad.

Estamos atravesando un momento especial en la historia de la humanidad. Un momento por demás difícil, de conflictos constantes, de cambios de paradigmas, de tensiones al límite, de un reordenamiento geopolítico a escala global, de sucesos y reacciones humanas que a veces se tornan inentendibles y casi que inexplicables como la posición internacional (de los Estados y sus sociedades) ante el genocidio en Gaza, ante la ocupación y Golpe de Estado en Siria, ante el recrudecimiento del bloqueo imperialista a Cuba Socialista, ante el secuestro del presidente Nicolás Maduro, ante la voladura de embarcaciones acusadas -sin probarlo- de pertenecer al narcotráfico, ante el robo de buques petroleros, ante la amenaza de apropiarse de países y territorios “porque sí”, etc.


Saber y sabernos en este contexto nos va a ayudar a redefinir mejor nuestros objetivos y las formas para llevar adelante los procesos para hacerlos realidad. Es cierto que no vamos a cambiar la realidad de un día para el otro, pero lograr ponerle un freno a ciertas cosas que se dan por hecho, ya es un paso adelante. Y para eso, ante todo, debemos dejar a un lado la indiferencia ante lo que nos rodea y romper con el individualismo que nos inculcan 24x7 los 365 días del año.


También resultará fundamental recuperar esa sana costumbre de sentarnos alrededor de una mesa con compañeros, amigos y allegados, para pensar, proponer, debatir, analizar y discutir, fraternalmente y desde el respeto mutuo, aquellos temas que nos ocupan y preocupan. Este puede ser el primer paso para empezar a romper las barreras que nos impusieron las redes sociales, que tienen en el aislamiento planificado y masivo a uno de sus más dañinos exponentes.

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Fue fundado en 1999 como continuidad de los periódicos Estrella Roja, Shirak, Verelk, Hai Mamul, Hai Guiank, Ereván y Seván de la Unión Cultural Armenia. A lo largo de su historia de casi un siglo, la prensa institucional mantuvo la periodicidad, a pesar de las prohibiciones y clausuras sufridas por las dictaduras militares de turno. Hoy, en su formato digital mantiene los objetivos y principios de sus fundadores aportando su granito de arena a la construcción de una sociedad sin explotadores ni explotados, con paz, amistad y solidaridad entre los pueblos.

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