Armenia y la diáspora en crisis

Si no comprendemos colectivamente en qué momento de nuestra historia común nos encontramos, corre peligro la existencia de Armenia, su pueblo y la diáspora en su conjunto.

Por Adrián Lomlomdjian


Hace algunos días, el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev dijo, ante los militares de su país, en tono amenazante: "Hemos destruido Armenia y, por lo tanto, Armenia debe comprender plenamente que podemos completar cualquier tarea militar y nadie puede detenernos".


Mientras tanto, en Ereván, algunos disfrutan enfervorizados del triunfo en las elecciones y otros se quejan y auguran nuevas tragedias, pero casi nadie toma nota de lo crucial de la actual etapa y de la necesidad de redefinir colectivamente una estrategia y una táctica, que garanticen la perdurabilidad del Estado armenio y la seguridad de su pueblo.


El lunes 28 de junio, el Ministerio de Defensa de Azerbaiyán informó que "las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán y Turquía comenzaron los ejercicios militares conjuntos en Bakú, donde se desplegaron tanques, helicópteros y drones en un esfuerzo por mejorar la interoperabilidad de combate de los dos países".


Al mismo tiempo, en Armenia -y fuera de ella- aún siguen criticando a Rusia y culpándola de todos sus males, cuando desde hace más de un siglo, si hubo un pueblo y un Estado que se paró junto al armenio en las buenas y en las malas, ese fue el ruso. Incluso en esta última guerra, mientras en la propia Armenia y en la diáspora las enfervorizadas masas agitaban sus sentimientos con consignas nacionalistas y apenas algo más, era Rusia la que enviaba a su aliada Armenia más de una treintena de aviones con todo tipo de armas y desplegaba a sus hombres a lo largo de la frontera con Turquía, para que los soldados armenios quedaran liberados para la defensa de Artsaj. Y cuando ya había sido ocupada Shushí, y en Stepanakert sólo quedaban algunas decenas o cientos de hombres armados para concretar una defensa que ya había fracasado en otras regiones de Karabaj, fue Rusia la que puso fin al avance azerbaiyano, estableció sus hombres en los límites establecidos y garantizó la seguridad para que Artsaj siga existiendo y para que más de 100 mil armenios pudieran seguir viviendo en los territorios que habitaron por siglos.


Pero ante esta realidad incontrastable, parece que no son sólo San Cayetano y la Virgen de Luján los que hacen verdaderos milagros, sino que el dólar les compite mano a mano a ellos, al Gauchito Gil, a San Expedito y a quien se le cruce en el camino. Porque de no ser así, sería difícil de explicar cómo un país -a través de sus gobernantes y un sector de la sociedad- se enfrenta y hace todo lo posible para contrariar a su aliado estratégico, minimiza el rol negativo de sus enemigos y adversarios, y es capaz de repetir los mismos errores de hace un siglo, poniéndose nuevamente ante la disyuntiva de seguir existiendo o dejar de formar parte del concierto de naciones y pueblos.


Los armenios de la diáspora y el rol de las comunidades


Y esta "crisis de identidad", por no llamarla de una manera que resulte “ofensiva” para algunos, no sólo la sufren los ciudadanos de Armenia, sino también los que forman parte de las comunidades de la diáspora, que creen -y muchos están convencidos- que lo mejor para Armenia es lo que ellos piensan, sin tener en cuenta historia, realidad, geopolítica, coyuntura regional, etc.


Ellos, desde el exterior, intentan convertirse en protagonistas políticos a distancia con capacidad de decisión. Es así como para los armenios de Europa, Armenia debe seguir a la Unión Europea y defender sus intereses. Lo mismo piensan los armenios de Estados Unidos, los de Gran Bretaña y los de las comunidades asentadas en decenas de países y cientos de ciudades occidentales.


Se piensan europeos, creen que nuestro estilo de vida es el "occidental y cristiano" -según el “sentido común” dominante-, están convencidos de que nuestros intereses son los del llamado (vergonzosamente) “mundo libre”, y tratan de imponerle esa mirada a las sucesivas autoridades del país y al pueblo en general. Y para ello, desde la diáspora invierten cientos de millones de dólares y muchos "líderes", que no van a hacer patria, sino a "conquistar" las mentes de los ciudadanos de Armenia. No está de más agregar que siempre hay excepciones, a las que nosotros reconocemos, respetamos y valoramos.


Claro que en esta tarea cuentan con el apoyo de los occidentalistas vernáculos y sus cientos de ONGs y sectas religiosas -financiadas ilegalmente por fundaciones norteamericanas, europeas y sionistas-, además de la inestimable ayuda que reciben de toda la estructura internacional que está al servicio de esta misma actividad, como el Banco Mundial, el FMI, la OTAN, etc.


En cuanto al rol de las comunidades, están quienes creen que la diáspora está, principalmente, para enfrentar las iniciativas “antiarmenias” que llevan adelante Turquía y Azerbaiyán en nuestros países, como parte de una política general común a todos los armenios del mundo. ¿Es así? Claro que aquí debemos hacer una salvedad antes de comenzar un posible, interesante e importante debate: en este pensamiento, para la mayoría, lo central no son los intereses de Armenia y del pueblo que la habita, sino los de cada comunidad o los que cada uno crea que lo son. ¿Se entiende?


Por eso seguimos en nuestras colectividades tratando de explicar una y otra vez el rol de cada quien en el genocidio y en la historia del pueblo armenio; por eso continuamos poniendo énfasis sobre el fascismo turco y su histórica alianza con Alemania, la tradicional complicidad de Occidente y sus consecuencias hace cien años atrás y en la actualidad, porque hay muchos que no lo ven o peor, lo ven distinto; por eso seguimos intentando significar la importancia y lo necesario de fortalecer nuestros lazos con aquellos pueblos con los que tenemos una misma lucha contra enemigos comunes: el panturquismo, el sionismo y el imperialismo.


Armenia existe. ¿Después?


Si Armenia llegó hasta nuestros días fue porque hubo Octubre de 1917 y Unión Soviética, porque también hubo Armenia Socialista y porque hoy hay Rusia.


Entiéndase bien. No estoy negando ni las cualidades ni las aptitudes -y actitudes- del pueblo armenio a lo largo de su milenaria historia. Por el contrario, fue ese deseo y esa voluntad de mantener su identidad a pesar y contra todo lo sufrido, uno de los principales componentes que garantizaron su existencia. Pero en los últimos siglos, si a las espaldas de los fedaínes, de los heroicos militares y voluntarios armenios, no hubiera estado sus tradicionales aliados, Rusia primero y las URSS después, muchas de las victorias no hubieran sido posibles y las derrotas nos hubieran llevado a la disgregación y desaparición como Estado nacional.


Una República fuerte y segura, en paz y crecimiento constante -la Armenia Soviética- permitió a las comunidades asentadas en el exterior crecer, fortalecerse y desarrollarse, estableciendo multifacéticas relaciones Armenia-Diáspora, que favorecieron al engrandecimiento de ambas.

Miles de jóvenes armenios nacidos en los cinco continentes cursaron sus estudios superiores de manera gratuita en la Armenia Soviética, se recibieron de profesionales y volvieron ejercer a sus países de origen, convertidos en militantes comunitarios y ayudando a potenciar cada comunidad. Libros para las escuelas armenias, discos y cassets, delegaciones artísticas y culturales de Armenia Soviética recorrían Medio Oriente, Europa y América, manteniendo viva la llama de la armenidad y haciendo indestructibles los lazos que unían a Armenia con cada uno de quienes consideraba sus hijos.


Hoy, ya sin URSS, en esta nueva realidad y con treinta años de Tercera República, no sólo Armenia está en crisis y en peligro, sino la diáspora en su conjunto.

Y hay algunos temas que precisan de inmediatos debates dentro y fuera de Armenia, que tienen que ver con la seguridad del Estado y el pueblo armenio, por un lado, y con el tipo de continuidad que pensamos para la diáspora en general, y para nuestra colectividad en particular.


Como serios llamados de atención actuales y temas/cuestiones para intercambiar opiniones y puntos de vista podemos enumerar:


-crisis política profunda y falta de debate ideológico en Armenia;


-existencia de más de un centenar de partidos políticos y decenas de religiones, que nos muestran la fragmentación de una sociedad y el peligro de disolución; también el funcionamiento de cientos de ONGs financiadas desde el extranjero simbolizan la “colonización” de amplios sectores poblacionales con ideas contrarias a la defensa de sus intereses;


-el elevado abstencionismo (50% del electorado no fue a votar) demuestra, por un lado, la falta de propuestas serias que sean creíbles para la población, y por el otro, el desinterés sobre su futuro y la falta de confianza de un importante sector de la sociedad, en un momento fundamental de la historia contemporánea del pueblo armenio;


-sistema educativo de excelencia (el soviético), que fue destruido a lo largo de estos años y adaptado a las necesidades de los gobiernos de turno, todos ellos alineados al poder financiero y militar global;


-continuidad del proceso de emigración masiva -desde hace tres décadas-, que sigue provocando la disminución sistemática de la población;


-incapacidad para definir enemigos y aliados de Armenia y su pueblo;


-una diáspora sin un horizonte definido y comunidades que se debilitan mientras deciden si fortalecen sus estructuras y capacidades o se dedican a concretar proyectos en Armenia.


No son estas las únicas cuestiones que nos ocupan y preocupan, pero seguramente si comenzamos a debatir alrededor de una o varias de ellas, se desprenderán otros temas también y ahí sí estaremos comenzando a recorrer los caminos que nos lleven a encontrar algunas de las respuestas que necesitamos.

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