Genocidio negado, ¿genocidio repetido?
- 3 jun
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La pregunta incómoda que debemos hacernos es otra: ¿el reconocimiento formal de terceros Estados realmente nos acerca a la no repetición?

Por GABRIEL TCHABRASSIAN
Hace poco más de un mes se cumplió un nuevo aniversario del genocidio contra los armenios. En ese marco, nuestra comunidad llevó adelante una serie de actos, actividades e iniciativas.
Desde que tengo uso de razón asisto a estas conmemoraciones. Entre las consignas que se escuchan de manera reiterada desde hace ya varias décadas, hay una que resonó con insistencia este año y que propicia esta reflexión: la frase “Genocidio negado, genocidio repetido”.
Si hay algo que hacemos en nuestra comunidad es repetir. Repetir, en principio, no está ni bien ni mal. Sostener la denuncia tras 111 años y remarcar hasta el cansancio que Turquía es un Estado genocida es una tarea crucial. Repetimos nuestros rituales ecuménicos y políticos en la Iglesia —el centro comunitario más importante—, así como la movilización a la residencia del embajador turco. Además, cada 24 de abril la inercia del calendario nos devuelve las mismas postales: un periodista que aborda el tema en su programa, una cobertura desde Ereván o la declaración solidaria de algún Concejo Deliberante municipal. Son acciones valiosas y sumamente importantes, pero me permito dudar de su efectividad a la hora de evaluar nuestros objetivos estratégicos como comunidad constituida a partir de la mayor tragedia que sufrieron los armenios.
El problema de la repetición aparece cuando las acciones anuales no devuelven los resultados esperados y, en vez de reevaluar el norte, optamos por el automatismo. Es volver a hacer lo mismo ignorando el desenlace del intento anterior. Ahora bien, ¿cómo medimos el éxito de estas acciones? A través de nuestros objetivos, y si nos plantamos sobre la premisa de la frase que nos convoca, el objetivo último es, precisamente, que no se repitan los genocidios.
Bajo esa bandera, la armenidad ha insistido durante décadas en que el vector principal para lograrlo debe ser el reconocimiento internacional. Al día de hoy, alrededor de 35 países de un total aproximado de 190 han reconocido el hecho. En principio, la cifra no invalida la insistencia; que el resultado sea acotado no significa necesariamente que el planteo sea erróneo. Es lógico que Turquía no reconozca los crímenes que la incriminan y, aun sabiendo que quizás nunca lo haga, el reclamo debe sostenerse. Sin embargo, la pregunta incómoda que debemos hacernos es otra: ¿el reconocimiento formal de terceros Estados realmente nos acerca a la no repetición?
Suele afirmarse que la impunidad y la negación del genocidio armenio pavimentaron el camino para los horrores del siglo XX. No obstante, ese análisis flaquea ante la evidencia histórica. El Genocidio Nazi fue reconocido no solo por la Alemania de posguerra sino por el mundo entero, y esa unanimidad no impidió que en 1994 el gobierno de Ruanda ejecutara el exterminio de la población tutsi, por citar solo un ejemplo. La evidencia demuestra que la declaración institucional de un Estado no guarda una relación directa con la prevención de futuras masacres. Los engranajes que activan un genocidio son bastante más complejos que la existencia de un papel firmado por el presidente de turno.
Frente a este escenario, cabe el interrogante: ¿debería seguir siendo nuestra prioridad absoluta exigir declaraciones oficiales a gobiernos extranjeros, sabiendo que un genocidio puede estar reconocido por todo el planeta y, aun así, volver a repetirse?
Otro fenómeno sintomático de nuestra repetición comunitaria es la liturgia de convocar a personalidades políticas, funcionarios y legisladores para que expresen una supuesta solidaridad con la comunidad armenia. En los últimos actos, llamó poderosamente la atención la presencia de fervientes defensores del actual Estado de Israel, como la diputada Sabrina Ajmechet, Waldo Wolff y Lilia Lemoine, integrantes o aliados clave de la fuerza política que hoy gobierna la Argentina. Se trata de un oficialismo que sostiene como política de Estado la defensa a ultranza de las políticas genocidas que Israel ejecuta contra el pueblo palestino. ¿La foto con estos actores nos acerca o nos aleja de nuestro imperativo ético contra los genocidios? Seguir invitando a figuras que justifican o promueven la violencia genocida en otras latitudes, ¿nos suma como comunidad a la hora de validar nuestro propio reclamo de justicia?
Entonces, ¿qué camino deberíamos tomar?
Como señalé en una columna publicada por este mismo medio hace unos meses, el éxito de un genocidio no se mide en el número de víctimas, sino en la capacidad del opresor para imponer su matriz identitaria sobre el oprimido.
Nuestra comunidad se hamaca sobre las biografías de personas que reconstruyeron sus vidas tras el horror; sobrevivientes directos o descendientes que heredamos el terror a través de los relatos o silencios familiares. Una tragedia histórica de esta magnitud deja secuelas inevitables en nuestra forma de ser, pensar y sentir. Los procesos genocidas son eficaces porque utilizan el terror para moldear la identidad de la víctima, empujándola hacia la autoconservación y el repliegue. Como comunidad, deberíamos encender las alarmas ante el síntoma más peligroso: cuando asimilamos la lógica del opresor, esa que dictamina que para afirmar la identidad propia es necesario anular o invisibilizar la del otro.
Pareciera que la palabra "Solidaridad" fue tachada del glosario oficial de nuestra colectividad. En los actos centrales de este año (que podríamos sintetizarlos en la marcha a la residencia del embajador turco y el acto frente al Monumento a los Mártires) no hubo una sola mención que hermanara el reclamo de justicia armenio con el sufrimiento de los pueblos que hoy mismo padecen políticas de exterminio. Bajo el viejo y corporativo argumento de que incorporar causas ajenas debilita la propia, no hacemos más que reproducir la identidad de quienes creían que para fortalecer la identidad nacional turca debían eliminar todas las demás.
En el inventario de frases repetidas, nunca falta el reproche histórico: “Cuando los armenios eran eliminados, el mundo calló”. Si entendemos que la indiferencia es un crimen y que romper el silencio puede frenar una masacre, el mutismo actual de la comunidad armenia frente a las tragedias contemporáneas nos coloca, paradójicamente, en el mismo lugar de aquellos que callaron hace un siglo. Es un principio básico de humanidad: hacer con los demás lo que quisiéramos que hagan con nosotros.
Ese silencio nos aleja del objetivo de la no repetición porque reproduce las condiciones que fomentan comenzar a observar a algunas identidades como esa "otredad negativa" a la que hay que eliminar. Por lo tanto, considero que el genocidio que se repite no es el que fue negado; los genocidios se repiten porque quienes hoy tienen el micrófono para denunciar el horror en curso deciden callar, convirtiéndose en cómplices por omisión.
Bregar por la no repetición consiste en sostener la memoria desde el lugar del oprimido, mostrando una solidaridad activa con el perseguido actual. De lo contrario, estaremos completando el diseño que el Estado genocida ideó para nosotros: empezar a pensar como ellos.
Mientras sigamos validando a quienes justifican el exterminio en otras latitudes, difícilmente consigamos la empatía y el apoyo internacional que exigimos para nosotros.
Como armenios -miembros de la primera nación cristiana del mundo- tenemos una responsabilidad ética insoslayable. En la "Regla de Oro" del Evangelio (Mateo 7:12), Jesús es taxativo: "Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos".
No lo digo yo. Lo dijo Jesús.













Muy buen analisis y reflexion de los hechos que nos tocan vivir cada 24 de Abril.