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Urge detener la entrega de Armenia

El gobierno de Pashinian continúa avanzando en todos los frentes con su política pro-occidental de entrega del país, mientras la oposición política y social no logra hacer pie en la sociedad para enfrentarlo y ponerle fin a una de las etapas más dolorosas de la historia contemporánea armenia.


El Secretario de Estado yanqui, Blinken, con Nikol Pashinian

Por Adrián Lolomdjian


“Armenia participa con responsabilidad y conciencia en las negociaciones con Azerbaiyán y estamos más que interesados en establecer una paz duradera en la región”, afirmó hoy, 19 de enero, el Ministro de Asuntos Exteriores de Armenia, Ararat Mirzoyan, durante una conferencia de prensa conjunta con el Ministro de Asuntos Exteriores croata.


“Estamos seguros de que esto será beneficioso no sólo para la población de Armenia, sino también para los estados de la región. Sin embargo, vemos que nuestra constructividad a veces no se refleja en el comportamiento de nuestros vecinos. Hemos participado en las negociaciones, entre otras cosas, con el apoyo de la Unión Europea, y actualmente vemos que Azerbaiyán, lamentablemente, se niega a reanudar las negociaciones sobre las plataformas existentes”, subrayó Mirzoyan, haciendo mención a las plataformas elegidas por Ereván, que son Estados Unidos y la Unión Europea, luego de que el gobierno de Pashinian casi que dinamitó el camino recorrido con la mediación de Rusia.


Y aquí vale hacer un poco de historia, para resaltar que la presencia de Moscú en los distintos formatos y momentos de las negociaciones armenio-azerbaiyanas por Karabaj, fueron favorables para Armenia.

Desde el momento mismo de la desintegración de la URSS -trágica para los pueblos soviéticos-, el proceso de autodeterminación iniciado por el pueblo de Nagorno Karabaj pudo desarrollarse a lo largo de tres décadas, gracias a que Armenia -catalogada de ocupante por Azerbaiyán y la ONU- es aliada estratégica de Rusia e integra con ella estructuras como la OTSC (militar) y la UEEA (económica).


La presencia de Rusia como uno de los co-presidentes del mediador Grupo de Minsk, permitió que la búsqueda de la solución definitiva al “Conflicto de Karabaj” no se llevara adelante sobre la base de las resoluciones de la ONU -que hablaban del respeto a la integridad territorial de Azerbaiyán (para ello, había que “devolverle” Karabaj)-, sino que se tuviera en cuenta también el derecho del pueblo de Artsaj a su autodeterminación.


Así fue como el status-quo vigente permaneció por treinta años, permitiendo que el pueblo de Karabaj se desarrollara de acuerdo a su propia voluntad y fuera gobernada por las autoridades elegidas por ellos mismos. Pero, a este proceso sólo le faltó la decisión de permitir el regreso, aunque sea por etapas, de los azerbaiyanos que habitaban Karabaj, para que ellos también fueran parte del proceso de construcción de su propio “Estado independiente” (en este caso no hubiera sido “otro Estado armenio”, sino un “Estado plurinacional”) y de las instituciones republicanas.


Sin embargo, y lamentablemente, primó la mirada nacionalista y sectaria, poniéndole “límite” al legítimo derecho del pueblo a la autodeterminación, y “brindándole” argumentos a Azerbaiyán para continuar la campaña tendiente a “recuperar sus territorios”, del que habían sido deportados “más de 700 mil azerbaiyanos” (según Bakú y la ONU).


Aliyev (der.) y Pashinian (izq.) junto a Charles Michel, presidente del Consejo Europeo

A pesar de todo, la situación permaneció así hasta mayo de 2018, hasta el Golpe de Estado institucional (denominado “revolución de terciopelo”) llevado adelante con el apoyo explícito de Occidente, cuando llegan al poder Nikol Pashinian y su equipo, integrado por dirigentes “educados y formados” en distintas universidades europeas y norteamericanas, y sostenidos financieramente por USAID, Bruselas y centenares de organizaciones no gubernamentales extranjeras.


Allí comenzó a ponerse en práctica el siniestro plan de alejar a Armenia de su aliado estratégico, Rusia, para llevarlo hacia los brazos del Occidente “democrático, civilizado y humanista”, que le garantizaría una vida soñada, “como en un cuento de hadas”. Claro que quienes idearon este plan y lo presentaron como una “hermosa fábula”, jamás fueron honestos ni sinceros con la gente, mintieron y tergiversaron -y lo siguen haciendo-, llevando a la sociedad hasta el límite más peligroso en cuanto a sus seguridad y al Estado, a pararse frente al peligro cierto de “no existir más”.


Las represiones internas, los encarcelamientos masivos de manifestantes y dirigentes opositores, la derrota en la guerra de 2020, la entrega de Artsaj, el permanente ataque a Rusia, los halagos sin sentido a Europa y Estados Unidos, los obstáculos y las agresiones verbales cotidianas para con sus aliados militares de la OTSC y el acercamiento con distintos actores de la OTAN, el enfriamiento de las negociaciones con la mediación rusa y la entrega total a las y en las mediaciones conducidas por Washington y Bruselas, entre otros hechos acaecidos a lo largo de estos casi seis años, no son más que capítulos de una zaga cuyo final guionado debería conducir a Armenia a un escenario similar al de Ucrania. Incluso, hasta hay similitud en sus líderes, dos muchachos que se creen grandes estadistas y no son más que títeres del poder político, militar y financiero de Occidente.


De seguir por este mismo camino, el futuro de Armenia no es incierto, sino oscuro con certezas de evolucionar hacia una nueva tragedia nacional.


El creer (desde la ingenuidad), pensar (desde la abstracción de la realidad regional e internacional) o proyectar (desde la entrega de la patria) un futuro luminoso para Armenia y su pueblo sin el apoyo de Rusia o, peor, enfrentándose a su hasta ahora aliado estratégico, debe ser enfrentado desde los distintos sectores que conformamos la armenidad, más allá de nuestras diferencias ideológicas, conceptuales o de matices.


Cuando el panturquismo intentó avanzar sobre la Armenia Oriental para terminar con los armenios y sacarse de encima a uno de los principales obstáculos en el camino del Gran Turán, fue Rusia (primero como imperio zarista, luego como república socialista y posteriormente como conductora del Estado plurinacional soviético) quien unió a los pueblos de la región para hacer añicos los sueños hegemónicos de las clases dominantes turcas.


Hoy, una vez más, la nueva Turquía de Erdogan, que públicamente se autoproclamó heredero de los otomanos y continuador del plan panturquista, espera paciente que Occidente concluya su plan de debilitar la influencia rusa en el Cáucaso, para tener libres las manos y poder continuar lo iniciado a principios del siglo veinte.


¿O alguno/alguna cree que Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Europea o la OTAN -de la cual Turquía es el segundo ejército- moverán un dedo ante una supuesta avanzada panturquista hacia Armenia, Irán, Rusia y China?

En Armenia y la diáspora aún estamos a tiempo de despertar. Quitarle apoyo al gobierno de Pashinian, criticar públicamente sus decisiones políticas y la entrega de Artsaj, condenar el "anti-rusismo y pro-occidentalismo de Estado" y repudiar la firma de un acuerdo de paz con Azerbaiyan que signifique la capitulación total de Armenia, son acciones cotidianas que debemos desarrollar y debemos alentar en cada rincón del planeta.


Mañana puede ser tarde.

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